miércoles, 27 de febrero de 2008

marie

La madrugada previa a la ejecución, cuando el barbero entró en la celda, Marie Grosholtz estaba pálida como la cera. Sus rizos fueron cayendo uno por uno al suelo. La navaja conocía bien los caminos y se movía con suavidad sensual. Cuando su cabeza ya estuvo bien rasurada, el barbero se entretuvo aún en la nuca simulando querer pulir un detalle. Acercó tanto su cara a la piel de Marie que ésta podía notar los golpes de su aliento. Después, sin que ella lo viera, se escondió en el bolsillo un mechón. Sweeney Todd salió de la celda sin hacer ruido y sin mirar atrás, mientras con la mano en el bolsillo enroscaba el mechón en su dedo.
Conmutada ya la ejecución, el guardia entró en la celda con un par de cestos, los dejó en el suelo, junto a la mesa, y salió. Marie levantó la tela que los tapaba. Marat miraba hacia la ventana y Marie Antoinette le miraba a él. ¿Por qué parecerán más vivos los ojos de cristal que los de un cadáver? Despejó la mesa, colocó la cabeza de Marat sobre ella y empezó a lavarla cuidadosamente. Al asomarse a la cuba para ver si la cera ya estaba lista vio su rostro reflejado. No se reconoció. Parecía una de aquellas calvas cabezas blancas de cara lisa dispuestas en filas sobre las estanterías del taller del Dr. Curtius, el tío Philippe. Él la había enseñado bien: molde, máscara de cera, ojos, maquillaje y peluca.
El Dr. Curtius guardaba los ojos de cristal en un cofre de madera y no permitía que nadie los tocara, ni siquiera Marie. Pero mientras él descansaba, ella corría a buscar el cofre, y escondida debajo de la cama lo abría y contemplaba todos aquellos ojos mirándola. Con un suave pincel de marta les quitaba el polvo amorosamente. Ojos verdes, azules, grises, castaños, negros, de iris surreal y pupilas dilatándose y contrayéndose. Si Marie se desplazaba, todos los ojos se giraban al unísono para no perderla de vista. A veces cogía uno, lo sostenía sobre el suyo con dos dedos y se miraba en el espejo. Podía ver a través del ojo de cristal.

11 comentarios:

Harry Sonfór dijo...

¡Viva Marie Grosholtz, el doctor Curtius y todo lo demás!

Helter dijo...

Y sus ojos de usté que lo vean.

A. Nonimo dijo...

¿los de cristal?

Helter dijo...

Todos ellos.

ludovico dijo...

Qué repelús. Se me ha puesto mal cuerpo. Y éso unido a que me han sacado sangre para un análisis de la mutua de la empresa, se me aflojao tó. Me voy a comer a ver si me recupero.

Helter dijo...

Oiga, que habría podido ser peor. Que no he dicho nada del tajo sanguinolento de las cabezas cortadas, ni de su rictus postmortem, ni del olor, ni del colorcillo ese como de piel muerta, ni de...

ludovico dijo...

Sin olvidar el olor de la sangre... ¡Qué cirujano se ha perdido la medicina española!

Badil dijo...

Pues a mí la Wat-504 me resulta familiar.Me la trajo Papa Noel de chica.Más concretamente venía debajo de una superpeluca de larga melena rubia con pamela de fieltro color butano (de las botellas de antes, naranjas).Pero los ojos los debieron de meter en la caja de mr. Potato (si es que entonces estaba inventado).Gracias a mi madre la peluca espeluchá (porque yo lo valgo) acabaría en la basura y la pamela en trapo de abrillantar suelo.Es que las madres somos una especie que si bien de chicas jugamos, cuando crecemos se desata en nuestro interior un volcan que no respeta simbolos ni altares.
Lo que no recuerdo es lo que hicimos con la cabeza....

Helter dijo...

Cuidao que no la tenga aún en algún rincón del armario, que le puede pegar un susto que pa qué. Yo odiaba las muñecas y no hacían otra cosa que regalarme muñecas, pequeñas, grandes, rubias, morenas, que andaban o decían mamá o hacían pipí. Yo las iba almacenando dentro del armario. Alguna noche antes de dormir, sin querer, abría el puto armario y ahí estaban todas ellas mirándome, rencorosas, porque nunca las sacaba ni jugaba con ellas. Qué cosas, ahora acabo de darme cuenta del por qué del cofre de los ojos de cristal. Qué acojone.

Badil dijo...

Cuando me "emancipé" no me llevé la cabeza, que como ibamos a hacer la revolución teníamos que cortar otras.Y mi madre tiene la enfermedad que tienen muchas madres de odiar los rincones. Yo no se lo que le hicieron los rincones de pequeña ,que ve rincones hasta en la cúpula vaticana. "No tienes más que rincones" y los ataca antes de que le salten a la vista.Hemos llegado a un pacto de no injerencia y así no viene a mi casa a que se me multipliquen los rincones, que a mí , a estas alturas,todavía no me han hecho nada. He tenido la suerte de no heredar esa enfermedad.Pero la cabeza ,la tiene usted ahí,no se cómo se juntó con esas otras..

Helter dijo...

No pretendo yo asustarla, pero estas cabezas tienen vida propia.


¡Bú!