Mostrando entradas con la etiqueta clientes. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta clientes. Mostrar todas las entradas

jueves, 9 de septiembre de 2010

miau


- ¿Me estás diciendo que a partir de lo que una persona compra en el súper se puede saber qué clase de vida lleva?
- Naturalmente. Fíjate: esos adolescentes han comprado tres bolsas gigantes de patatas fritas, tres packs de latas de cerveza, dos cocacolas de 2 litros, una botella de ginebra y otra de whisky. Van a montar un fiestorro del copón.
- ¿Y esa?
- A ver... Un paquete de pasta, espinacas, queso fresco sin sal y un pack de yogures light. Operación bikini barata.
- Vale, Sherlock, ¿y esa otra?
- Veamos... Una botella de whisky, una barra de pan, un brick de leche y una lata de comida para gatos... Está clarísimo: vive sola, es alcohólica y tiene un gato.


Al llegar a casa el gato ya me estaba esperando detrás de la puerta. Solo la costumbre me impidió tropezar con él mientras se frotaba contra mis piernas al caminar. Dejé la bolsa en la cocina, cogí una taza y la llené de leche hasta la mitad. Acabé de llenarla con whisky y la puse en el suelo.
- Buen chico, buen chico, mamá sabe lo que te gusta.
Mientras el gato lamía y ronroneaba feliz, corté unas rebanadas finas de pan y cogí la lata.
- Mmmm... Atún y salmón.
Abrí la lata y con un cuchillo unté cuidadosamente el pan. Estaba realmente delicioso.

miércoles, 9 de junio de 2010

no lo recuerdo


- Hola, estoy buscando una novela, pero no recuerdo el título…
- ¿De qué autor?
- Es que tampoco me acuerdo.

Vaya por Dios. O sea, que de la editorial ni hablamos…

- ¿Español o extranjero? ¿Neorrealista, gótico, romántico...?
- Te vas a reír, pero es que no lo recuerdo.

Uy, sí, fíjate cómo me troncho.

- Si pudieras darme alguna pista, tal vez podría…
- La cubierta era azul con letras de palo en blanco.

Diosss, la cubierta, blanco sobre azul y no recuerda el título. Tal vez era azul sobre azul… Tararéamela, reina.

- Bueno, naturalmente no he leído todos los libros del mundo, pero si me dices de qué va, igual…

Se le iluminaron los ojos y desgranó una historia maravillosa de pasiones y encrucijadas, de incertidumbres y desencuentros. Una historia con la dosis justa de humor, intriga, sangre y sexo, inteligente sin caer en la pedantería. Simbólica, mística, depravada y racional al mismo tiempo. Redonda. Me quedé sin respiración y empecé a pensar. Demasiado elaborada para ser de Epstein pero demasiado épica para la Borowsky, como un delicado cóctel entre Maroto, Sanders y Guayabal.

- Es buena, muy buena, pero no me suena. Lo siento.
- Bueno, no importa, gracias de todos modos.


Algún tiempo después vi que me habían pasado un sobre por debajo de la puerta de la tienda. Dentro había un pendrive y una nota que decía: "Creo que la escribí yo y lo había olvidado. O tal vez la soñé. O soñé que era mía. He vuelto a escribirla". La he impreso y le he puesto una cubierta azul. En cuanto al título... tengo a mano un Letraset Helvetica Medium Condensed en blanco por si algún día ella vuelve y lo recuerda.

jueves, 11 de marzo de 2010

la butaca de ruth

Tengo una tienda de muebles de segunda mano y creo que mis precios son justos. Un día vino un tipo, vio esta butaca1 y quiso comprarla, pero le parecía demasiado cara. Así que le miré y le dije: si no puedo venderla, me sentaré sobre ella y cruzaré las piernas. No me da la gana regalarla. Cariño, si la quieres vas a tener que comprarla. Dime la verdad: ¿no te gustaría encontrarla en casa, esperándote, cada noche? No se ha usado más que un par de veces, ¡está casi nueva2! No encontrarás mejores patas3 en toda la ciudad, ni un respaldo4 como este en varios kilómetros a la redonda. Es confortable, lo aguanta todo. ¿Dónde podrías encontrar una butaca tan cómoda5? Es exuberante, impecable, suave y peludita. Cariño, solo por la saliva que estoy gastando ya es barata. Ahora mira este magnífico culo6, ¿a que parece acogedor? Te garantizo que soporta cualquier peso… o tamaño. Estoy harta de que me ronden tipos de manos largas, husmeando. No pienso ceder. Ráscate el bolsillo y afloja la pasta. Si quieres algo gratis, búscate una asistente social y a mí déjame en paz. Esta no es la tienda de Cáritas, es la tienda de Ruth. Lee mis labios: aquí nada es gratis.

1 llámenla equis
2 léase virgen
3 piernas
4 espalda
5 fácil
6 culo


miércoles, 20 de enero de 2010

lo que vale un peine

- Maite, cántame la última del Bisbal.
- Cari, que no me la sé, pídeme otra.
- ¡Ay, que me estás dando unos tirones que me vas a dejar calva! Bueno, pues una de Julio Iglesias, la que tú quieras.
- Al final, ¿qué hago? ¿Te pongo más rojo en el tinte, o no?
- Mira, si quieres ponme verde, pero cántame una de Julio, anda...
- Es que hoy me he levantado con la voz tomada, cari. Cógete el Hola, que lo he comprao esta mañana y sale la Belén Esteban con el novio nuevo.

viernes, 23 de enero de 2009

súper


Avanzaba deprisa por los pasillos del súper con la seguridad de quien sabe lo que quiere y conoce perfectamente su camino. Pan para el bocata del niño, algo de fruta, arroz, una bolsa de patatas fritas y otra de palomitas, jamón dulce... No, jamón dulce no: fiambre de pavo, que tiene menos calorías. Al pasar por delante de la sección de desayuno, se detuvo algunos instantes delante de las magdalenas Santa Elena, “desayuno, merienda y cena”. Un pasito palante, María, un pasito patrás... Y cogió un enorme paquete de cereales con fibra para leer los ingredientes.

- Está dudando... está dudando. Antes ya ha renunciado al jamón dulce por el pavo... Dios, esta se ha puesto a régimen. Coge las magdalenas, cógelas. Frescas, blanditas y dulces... ¡Deja los cereales y coge las magdalenas, hostias!

Ella dudó aún un poco, pero acabó metiendo la caja de cereales en el carrito. No podía apartar de su pensamiento las fotos de la playa del verano pasado, esos michelines, esa papada... Consultó la lista de su bolsillo y se encaminó hacia la caja.

- ¡Alarma, alarma! ¡Va hacia la caja! ¡Rápido, cortadle el paso o nos vamos todos a la puta calle!

A escasos metros del final de la cola de la caja se le colaron delante dos mujeres y un chico. Suspiró y se dispuso a esperar pacientemente.

- Tranquilos, tíos, pensemos. Tenemos dos minutos para pensar. Démosle unos instantes para arrepentirse.

Mientras hacía cola no dejaba de pensar en aquellas magdalenas, esas que, de madrugada, cuando se sentía sola en la gran cama, la ayudaban junto con un gran vaso de leche a conciliar el sueño. Después volvía a la cama con ese saborcillo dulce en los labios... y de nuevo la imagen de los michelines y la papada. Ya solo quedaba un chico por delante suyo en la cola.

- ¡Plan B! ¡Plan B!


El chico se giró y le sonrió. Le pareció tan guapo que miró hacia atrás por encima del hombro porque no podía creer que la sonriera a ella.
- Perdona, ¿sabes dónde están las magdalenas?
- Sí, claro, segundo pasillo a la izquierda.
- Gracias, guapa.
¡Guapa! La había llamado guapa un chico que casi podría ser su hijo, y por descontado, su amante. Se miró de reojo en el espejo deformante del súper, y no se vio tan mal... Plantó la cola y se fue detrás del chico, no sin antes devolver la caja de cereales a la estantería.

jueves, 13 de noviembre de 2008

rorschach


El hombre de las gafas tomó una carpeta, la abrió y sacó de ella unas láminas. Las miró una por una durante unos segundos, escogió una y la mostró a su interlocutor.

- Dígame, ¿qué ve usted aquí?
- Tetas.
- Mmmm... ¿podría ser un poco más específico?
- Dos tetas.

El hombre de las gafas se revolvió en su asiento, inquieto. “Tranquilo”, pensó, “que él no se dé cuenta”. Con los dedos algo temblorosos le mostró otra lámina.

- A ver, ¿y aquí?
- Una mujer desnuda.
- ...
- Una mujer de raza blanca, morena, con expresión despierta e inteligente y mirada inquisitiva. ¿Le he dicho que está desnuda?
- Sí, ya me lo había dicho.
- ¿Y no toma usted nota?
- No es necesario. Le recuerdo que todas nuestras sesiones son grabadas.

El hombre de las gafas apenas podía disimular ya su nerviosismo. Se levantó, dio algunos pasos hasta la máquina de agua y se sirvió un vaso. Aparentando paladearlo, aprovechó para ordenar sus pensamientos y diseñar una estrategia. Volvió a sentarse y tomó otra lámina.

- Ahora mire atentamente esta imagen. Dígame qué es lo que ve.
- Dos hipopótamos.
- ...
- Dos hipopótamos pigmeos grises, con cachirulo en la cabeza y bailando por sevillanas.
- ¿Y ahora? –dijo dándole la vuelta a la lámina.
- Dos hipopótamos pigmeos grises, con cachirulo en la cabeza y haciendo la vertical sosteniéndose con una sola pata.

El hombre de las gafas se levantó indignado, y señaló a su interlocutor con un dedo acusador.

- ¡Usted no me está tomando en serio!
- Cálmese, ya sabe usted cómo se pone cuando pierde los nervios. Relájese y respire profundamente.
- Pero doctor, compréndame, si usted no me toma en serio, ¿quién va a hacerlo?
- Ya le dije que el test de Rorschach no servía absolutamente para nada. Se ha acabado el tiempo de visita. No olvide seguir tomando su medicación, y hágame caso: relájese.

martes, 13 de mayo de 2008

teléfono (II)


- ¿Cómo eres?
- Rubia, ojos castaños. No muy alta, pero con buenas curvas.
- ¿Y de tetas?

(pues dos, imbécil, una a cada lao y que miran bizco)

Eva me dijo que tenía que buscarme un nombre e inventarme una descripción física. Después de descartar nombres de culebrones y los que me sonaban a barra americana, me quedé con Alicia. En cuanto a la descripción, aparte del color del pelo y de los ojos, ya me la daban mis interlocutores, pa qué llevarles la contraria.

Cuando se corrió la voz de que había una nueva, mi teléfono no dejaba de sonar. Si alguien me intrigaba o yo no sabía por dónde salir, tapaba el teléfono con la mano y Jessica o Eva venían a escuchar: “mamita, no te preocupes, tú síguele”, o “este es un pesao, dale cuerda un ratito y luego le cuelgas”.

A ratos me tomaba un descanso y miraba por el balcón. Una bonita avenida con árboles bajitos y casas viejas. En la calle, dos operarios de telefónica hurgaban en una caja de conexiones, se comían el bocata, y después seguían hurgando.

Nacho se había roto una pierna y estaba aburrido en casa. Vivía solo. Le gustaba una vecina con la que a veces coincidía en el ascensor. Yo le hacía de vecina y además de enfermera. Un día me dijo que le iban a sacar el yeso y que pensaba bajar a Barcelona, que podíamos quedar porque le caía muy bien y tenía ganas de conocerme. Empecé a largarle excusas, pero no se rendía.

“Trae”, me dijo Eva cogiéndome el teléfono. Escuchó unos segundos. “Ah, vale, el de la pierna rota. Este no se ha roto una pierna en su vida. Sácatelo de encima, porque en cuanto le van a quitar el yeso es que ya lo único que le interesa es quedar. NO quedes con nadie NUNCA. Esto no es una casa de putas”.

Un día de repente me di cuenta de que me sentía cómoda, relajada, segura de mí misma. Había ampliado mi repertorio de respuestas programadas y además los que llamaban casi siempre eran los mismos. Caí en una dulce rutina, sin jefes, sin nadie que me controlara. Colgaba a quien quería y cuando quería. Y la pasta iba cayendo, limpia de polvo y paja. Bueno, de lo segundo no, pero seguía siendo una pasta. Y los de telefónica todavía seguían ahí, hurgando en la caja. ¿Pero cuántos días llevaban ya?
“¿Esos? Vienen cada día a comerse el bocata con nosotras. Nos tienen pinchadas, reina…".

- ¿Cómo te llamas?
- Alicia, ya te lo he dicho.
- No, digo tu nombre de verdad.

Cuando llegué a casa le conté a mi novio lo de la pierna rota. Pensé que lo encontraría divertido, pero no se rió. “Por favor, no me cuentes nada”, me dijo.

viernes, 2 de mayo de 2008

teléfono


- ¿Cómo vas vestida?
Me miré de arriba a abajo. Llevaba una camiseta con una serpiente dibujada, tejanos y unas botas raídas. Me costó contener la risa.
- Llevo un sujetador de encaje rojo y negro, y braguitas y liguero a juego.

El anuncio decía algo así como “Se busca mujer con voz agradable y don de gentes para trabajo telefónico”. Cuando llamé me contestó una voz de hombre: “Se trata de sexo por teléfono, ¿cómo lo ves?”. Me quedé tan sorprendida que no supe muy bien qué decir. “Si quieres, pruébalo ahora conmigo”. Tartamudeando, dije que lo pensaría y que si acaso ya volvería a llamar. De entrada me pareció muy fuerte, pero ya hacía tres meses que estaba sin trabajo y las deudas se acumulaban. Tanteé a las dos personas de las que más valoraba la opinión: mi madre y mi novio. Mi madre me dijo que si por eso me pagaban bien, y no tenía que ver a nadie ni hacer nada más, que por qué no. Mi novio me dijo que hiciera lo que me pareciera conveniente, que lo que yo decidiera le parecería bien. Esperé a que fracasaran las tres entrevistas de trabajo pendientes que tenía, volví a llamar y me apunté al carro.

El local era un pisito del Born con despacho, baño y salón, sin cocina. Solo una nevera de esas pequeñas en un rincón. En el despacho había cuatro escritorios, uno en cada esquina, cada uno con un teléfono heraldo gris. Ramon me presentó a las chicas: Eva, Jessica y Dunia. Naturalmente, no eran sus nombres auténticos…

Eva era la más veterana, no por edad, sino por experiencia. Era tan guapa que costaba imaginarla trabajando en teléfono erótico. Rubia, ojos azules, su sueño era ser modelo de lencería, ya que era demasiado bajita para ser modelo de pasarela. Conocía a todos los clientes, sus virtudes, sus defectos y sus debilidades. Estaba especializada en sadomaso. “¿Sadomaso por teléfono?”, me pregunté. Pues sí, y era una artista, cosa que puedo atestiguar porque la vi muchas veces en acción.

A Jessica le gustaba decir que era china, aunque por el color tostado de su piel podía ser filipina. Nacida en Sudamérica, si se la oía hablar sin verla parecía una cubanita amorosa (oye papiiiito) gracias a lo cual tenía una larga lista de fervorosos clientes. Mezclaba sabiamente la inocencia oriental con el almíbar sudamericano. Una bomba.

A Dunia apenas tuve tiempo de conocerla, porque acababa de tener un bebé y, aunque intentaba simultanear el trabajo telefónico con el de madre, a los pocos días tuvo que dejarlo.


- Oye, ¿hay algún bebé ahí?
- No, cariño, cómo va a haber aquí un bebé. Debe ser el de la vecina. Espera, que cierro la ventana.


"¡Dunia, dale la teta al niño, o llévatelo, pero que se calle!". Yo ahí me sentí de entrada como un pulpo en un garaje. Creí que no encajaría nunca, aunque de hecho, en el fondo lo que temía era encajar demasiado bien. Las otras chicas me dejaron escuchar algún servicio, me dieron algunos consejos aunque se reservaron sus propios trucos, y empecé a trabajar...

viernes, 7 de marzo de 2008

teolindo


La primera vez que Teolindo García entró en la tienda, se me antojó una momia peruana que con boina incluida no pasaba de 1.50 m. Estaba jubilado y no tenía nada mejor que hacer durante el día que entrar a darme una conversación que yo no le había pedido. Yo sí tenía cosas mejores que hacer, pero eso a él parecía no importarle. Apliqué mi plan B, las indirectas, pero Teolindo era absolutamente impermeable a ellas: alguien tiene trabajo y otro alguien no le deja hacerlo, a alguien le importan un pito las hazañas amorosas de otro alguien... Inútiles ambos, tanto Teolindo como mi plan B.

Si estaba aburrido y entraba algún otro cliente, se le acercaba como quien no quiere la cosa y le preguntaba la hora. El otro, despreocupadamente, miraba su reloj y se la decía. Entonces Teolindo, sacando un peaso de reloj de bolsillo, le decía:

- Pues no, no son y veinticinco, son y media. Mire, este reloj es de plata maciza -sopese, sopese- y lo llevo con la hora de Radio Nacional.
Y el otro le decía que bueno, que vale, que muy bien. Esto se lo vi hacer un montón de veces.

Un día en que estaba especialmente aburrido y no entraba ni dios, se me acercó y... me preguntó la hora. ¡No me lo podía de creer! ¡Como si no le hubiera visto nunca en acción, y ahora pretendía pillarme a mí!

- Son las doce menos cinco.
Sacó su peaso reloj de bolsillo, me dijo que eran en punto, que su reloj era de plata maciza, que lo sopesara, y que lo llevaba con la hora de Radio Nacional. Bueno, vale, muy bien. Pasaron cinco largos minutos y empezaron a sonar las campanas de las doce de la iglesia de Belén. Entonces, con expresión triunfante, me dijo:

- ¿Lo ves? Las doce en punto.