
Querida Atthis:
Ha pasado algún tiempo desde que te fuiste. Ya no siento dolor por tu partida, pero eso no significa que no te eche de menos. Por otro lado, hay una razón por la que me alegro de que no estés aquí. Se llama Faón, y es el hombre más bello que he visto jamás. Estoy segura de que contigo a mi lado ni siquiera me miraría, bajita y sin gracia como soy. Cierto, no me mira, pero es que no mira a nadie, ni hombre ni mujer, ni adolescente ni anciano. Si pudiera destilar tu hechizo, lo usaría para dárselo a beber mezclado con el vino de mis viñas y así sería mío para siempre.
Las cosas han cambiado mucho aquí, en Lesbos. A algunos de sus habitantes no les gusta que sus mujeres sean conocidas con el gentilicio de lesbianas, pues creen que los de fuera las consideran a todas amantes de mujeres poniendo así en duda la virilidad de sus maridos, llamados a la sazón lesbianos. Qué estupidez, ¿no crees? Afortunadamente, no son más que motivo de risa para el resto de habitantes de la isla. De momento.
Espero que seas tan feliz en tu matrimonio como lo fui yo durante el mío. Por corto, principalmente. Si algún día vuelves, me encontrarás en nuestra roca, en Léucade, con una jarra de vino sellada para que tú rompas su sello con los dientes. O para que lo rompa él, el primero que llegue de los dos. Y si la espera se me hiciera demasiado larga, las olas siempre sabrán llevarme a la última playa.
Safo