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martes, 10 de mayo de 2011

carta de ajuste

jueves, 20 de enero de 2011

esos asiriólogos (II)


3) ¿Qué tipo de información se puede encontrar en las tablillas cuneiformes? O dicho de otro modo, ¿de qué suelen tratar? ¿Cuáles son los temas preferidos de los escribas?

Bueno, un poco de todo: contratos, correspondencia comercial, manuales de instrucciones, comunicados de prensa, los resultados de la quiniela, hojas parroquiales, calendarios zaragozanos... Ocasionalmente a algún zumbao le daba por escribir las cosas que le pasaban en el día a día o pensamientos que se le ocurrían, es decir, cosas que no le interesaban a nadie excepto a sí mismo, lo que dio lugar a un género completamente olvidable que llamaban blogg.

4) ¿A qué se refiere la expresión “los cabezas negras”?

A fuerza de peinarse el pelo con grasa de ballena, la gomina de la época, se quedaban calvos ya de jovencitos, y es de todos sabido que la grasa de ballena con el tiempo se endurece, ennegrece, y luego ya no hay manera de quitarla. Curiosamente esta guarrada no solo no estaba mal vista, sino que aumentaba el prestigio público, y el atractivo sexual de la persona. Como reza un viejo proverbio mesopotámico, “El hombre y el oso, cuanto más negro, más hermoso”.

5) Nombre cinco cosas que considere típicamente mesopotámicas.

El hipopótamo (no en vano el nombre del dios principal del panteón mesopotámico es Pepepotamus), el mesozoico, el hipotálamo, la menopausia y los choricillos macerados en aguardiente.

6) ¿Qué es un asiriólogo? ¿Y un sumerólogo? ¿Y un hititólogo? ¿Tienen algo en común estas criaturas? Razone la respuesta.

Un asiriólogo es un señor muy positivo. Un sumerólogo es un señor con traje de buzo que investiga las profundidades marinas en busca de restos sumergidos de la cultura mesopotámica. Un hititólogo es un especialista en la filmografía de Alfred Hitcock. Aunque no se ha preguntado, hago constar que una asirióloga es la esposa de un asiriólogo, una sumeróloga es la santa de un sumerólogo, y una hititóloga es la costilla de un hititólogo.

Mucho en común no tienen, excepto cuando se da el caso de que el sumerólogo sale del agua con unas ganas terribles de ver una película de Hitcock, el asiriólogo le dice que sí, que vale, que se apunta, y se van pal videoclub y ahí se encuentran al hititólogo alquilando Psicosis.

¿Y los urólogos, esos grandes discriminados? Por esos no pregunta, ¿eh?

7) Cráneo de ser humano, excremento de marinero, hígado de lobo, lengua de perro, ¿qué tienen en común estas cosas?

Son los ingredientes básicos del famoso cocido mesopotámico, también conocido como olla mesopotámica. Luego ya va un poco a gustos, que ya se sabe que en casa de cada cual el cocido se hace como lo hacía la abuela. Hay quien le echa una pizca de oreja de murciélago, otros un poco de semen de elefante bizco, y si a uno le gusta el picante, heces de hormiga fermentadas.

martes, 18 de enero de 2011

esos asiriólogos (I)


Hace algún tiempo presenté mi tesis para el máster en (maldita) asiriología, y el tribunal tuvo a bien calificarla con honores, y menciones y de todo. Bueno, pues teniendo en cuenta que no se me ocurría con qué llenar una entrada más y que acabo de recibir el premio por correo (¿qué será? ¿qué será? Tranquiiis, ya lo sabrán), a continuación encontrarán las respuestas que me dieron la fama y la gloria. ¿Que se lo merecían más Xavi o Iniesta que yo? Por supuesto, pero es lo que tienen las votaciones democráticas: son injustamente subjetivas.

Gracias, Princesa, por haber convocado el concurso, y gracias, Harry, por pasarme el soplo.

1) ¿Por dónde cae Mesopotamia?
Pues según desde donde se tire. Lo que sí tiene Mesopotamia es la rara habilidad de caer siempre hacia abajo y siempre de pie, como los perros.

2) ¿Cómo se logró descifrar la escritura cuneiforme? ¿Por qué el cuneiforme recibe tal nombre? ¿Cuáles son los principios de dicha escritura?
Hay un antes y un después del hallazgo de la piedra Rosita, en donde hay un mismo texto escrito en griego, en cuneiforme y en gallego. El griego tenía tantas faltas de ortografía que apenas se entendía, pero a partir del gallego se hizo la luz. El texto de la piedra, traducido al castellano por el insigne investigador francés Champignon, viene a decir: “Rubia, pelo largo, buenas curvas, deseo contacto esporádico y de amistad con señores entre 45-65 años cultos, educados y solventes. Completo, sumerio, diluvio dorado, beso caldeo. También salidas. Precios especiales para grupos. Acepto tablilla. Preguntar por Rosita.”.
La propia raíz de la palabra original, cunniformis, lo dice. Las escribas, las secretarias de la época, escribían con un palito introducido en sus partes íntimas conocido como tampax porque así les quedaban las manos libres para otros menesteres, como hacer café, fotocopias o masajes a sus jefes. De hecho, el examen de graduación para las prostitutas del templo consistía en escribir 88888 con buena letra.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

francine (2/3)

Nunca, desde el mismo instante en que aprendió a leer, había estado René tantos días sin siquiera rozar un libro. Esas malditas fiebres. Francine la dulce, que con su risa cristalina sabía alegrar hasta el día más oscuro del invierno, yacía en el lecho agonizando. Y él, con toda su sabiduría, con toda su filosofía, con toda su ciencia, lo único que pudo hacer por ella fue sostenerle la mano ardiente hasta que se tornó fría como el cristal. La besó, y fue como besar el mármol. Cerró suavemente la puerta de la habitación, se embozó en su capa y salió a la calle sin rumbo fijo. Sin darse cuenta sus pasos le llevaron hasta el lugar preferido de la pequeña Francine. El taller de muñecas del Sr. Duivel.

________________

El holandés se quedó mudo, y yo renuncié a hacerle más preguntas. De repente se puso en pie como accionado por un resorte para mirar la ventana por encima de mi cabeza. Me di la vuelta para saber qué estaba mirando. Desde el ventanuco podían verse los barcos que entraban y salían del puerto de Calais.

- ¿Esperáis un barco?

Por toda respuesta, el holandés empezó a correr por la habitación, a gritar y a aullar.

- ¡Libéranos! ¡Libéranos! ¡LIBÉRANOS, SEÑOR!

A nuestro alrededor nadie pareció sorprenderse por sus alaridos, antes bien siguieron con sus caladas y ensoñaciones sin darle ninguna importancia. Después el holandés cayó agotado sobre sus rodillas, unió sus manos en oración y murmuró una letanía de la que comprendí solo algunos fragmentos.

- Libera nos a fulgure et tempestate... a morte perpetua... Libera nos a spiritu fornicationis, ab insidiis diaboli... libera nos, Domine. Un barco, sí, sí. El Libera Nos es un buen barco, orgulloso y ligero, tan rápido que parece flotar un palmo por encima de las olas, como el albatros cuando sobrevuela las aguas para pescar. Y conoce bien su camino sin que nadie trace rumbos sobre un mapa ni haga girar su timón. Un camino que lleva hasta el mismísimo infierno...


francine (1/3)


Las almas más grandes son tan capaces de los mayores vicios como de las mayores virtudes.
René Descartes

El hombre embozado en una capa miraba el escaparate mientras, al otro lado del cristal, decenas de pares de ojos azules y verdes le devolvían la mirada sin pestañear. Al entrar en la tienda se sobresaltó con el sonido de la campanilla de la puerta. El artesano le preguntó qué deseaba y el hombre embozado en una capa le mostró un camafeo: era una niña de unos cinco años, larga cabellera rubia, ojos azules y mejillas sonrosadas. El artesano le miró sin comprender. Entonces el hombre embozado en una capa vació sobre el mostrador una bolsa llena de monedas de oro. El artesano recogió las monedas y sonrió.
_____________

- Busco al holandés.

El chino, sin mirarme apenas, me dirigió con un movimiento de cabeza hacia el fondo del fumadero. El local era oscuro y una niebla espesa y especiada invadía cada rincón. Apenas se oía ruido alguno a pesar de que en cada sala había varios hombres y mujeres tumbados, algunos incluso compartiendo lecho. Solo había un hombre que no estaba acostado, sino sentado ante la única ventana del lugar. Tenía el pelo blanco y llevaba el peso de la vejez sobre sus hombros. Sentado en una mesa para dos, estaba completamente solo y con la mirada fija en los sucios cristales. Me acerqué y le hablé. No me miró. Me senté frente a él en una silla vacía, y solo al interponerme entre él y la ventana se dio por enterado de mi presencia.

- ¿Sois el holandés?
- ¿A qué holandés buscáis? Hay muchos holandeses en tierra, y aún más en el fondo del mar.
- Busco al que dicen que conoció al Holandés Errante.

Sus facciones se crisparon y entonces caí en la cuenta de que en realidad no se trataba de un anciano. Su piel, aun curtida por el sol, era tersa y su mirada infantil. Aunque su cabello colgara en descuidadas guedejas blancas, sus ojos delataban pocos más de veinte años.

- Sí, sí… Navego bajo sus órdenes. Es un buen capitán, sí, sí, buen capitán. Se preocupa por nosotros, es piadoso, si los domingos rezamos los sábados nos deja beber ron, él reza mucho, sí, sí. Un nombre muy estúpido ese de Holandés Errante, no le gusta, no, no le gusta nada. Él ya tiene su propio nombre. Podría contaros la historia del capitán Fokke, sí, claro que podría, pero no me apetece recordarla…

lunes, 8 de marzo de 2010

el hada y la máquina del tiempo (y III)


En la radio sonaba una canción. Mamá fue a la cocina y volvió cantando y bailando con una escoba. Se puso de puntillas, se estiró, levantó un poco el pie izquierdo y, con la punta del palo de la escoba, le dio a la lámpara un toque suave. Y se hizo la luz. Me miró sonriendo, y a contraluz por un momento me pareció que en lugar de tener el pelo rojo lo tenía dorado.

De repente recordé que tenía un examen, le di un beso a mamá y salí corriendo. Corrí y corrí y corrí. ¡Si encontraba la puerta de la escuela cerrada no me dejarían entrar! Me paré un momento y miré la hora en el reloj del abuelo. Las nueve y tres minutos. La puerta ya estaría cerrada. Seguí corriendo, y al doblar la esquina, vi la puerta del colegio aún abierta. Saqué un siete y medio, la nota más alta del trimestre.

A la hora del patio decidí mostrarle mi tesoro a mi mejor amigo. Con cuidado saqué el reloj y se lo enseñé.
- Es bonito, pero viejo. Y además no funciona bien, mira el mío –me dijo.

Tenía razón. El reloj del abuelo marcaba cinco minutos más que el suyo. Cinco minutos más que todos los demás relojes.

sábado, 6 de marzo de 2010

el hada y la máquina del tiempo (II)


Entonces yo le acribillaba a preguntas, y él me decía que no, que no podía viajar a la edad de piedra para ver los dinosaurios porque era una máquina del tiempo pequeñita. Un día le pedí que me la enseñara y me mostró un viejo reloj de bolsillo.

- Es un reloj –dije, decepcionado.
- ¿Y qué te crees tú que es un reloj? ¡Pues una máquina del tiempo, leñe!
- ¿Y esta de la foto quién es? ¿La abuela?
- Sí. Tu abuela también era un hada, debe ser cosa de familia.
- ¿Y no puedes viajar con tu máquina del tiempo para verla cuando estaba viva?
- Para eso se necesita una máquina del tiempo de las grandes –dijo.

El día que el abuelo murió lo supe porque cuando mamá llegó a casa, me dio su reloj y una nota garabateada que decía: “No te olvides nunca de darle cuerda, o se convertirá en un reloj vulgar”. Desde entonces cada noche, antes de acostarme, le doy cuerda. Una mañana, mientras mamá cosía y yo estaba en el comedor estudiando, la luz de la lámpara del techo empezó a fluctuar y se apagó.

viernes, 5 de marzo de 2010

el hada y la máquina del tiempo (I)

Cuando era pequeño, el abuelo me llevaba cada día al colegio y por el camino me hablaba de sus viajes. Si pasábamos por un tramo a pleno sol, me hablaba del desierto y la calle se convertía en un desierto donde las jardineras eran oasis y las fuentes públicas la salvación. Si la pendiente era de subida, me hablaba del Himalaya y del yeti y me lanzaba una cuerda invisible para agarrarme y poder subir. Si llovía, me hablaba de la jungla y de los grandes lagos y me ayudaba a saltar los charcos porque yo no tenía botas de goma como los demás chicos. Después me hablaba del lago Titicaca, y yo me reía y le decía que ese nombre no existía, que se lo había inventado.

- ¿Por qué mamá no me lleva nunca al colegio?
- Tu madre no puede llevarte porque... porque... no tendría que decírtelo... Es que tu madre es un hada, y las hadas siempre andan muy atareadas.
- ¡Venga ya!
- ¿Ves? No tenía que habértelo dicho.

A veces el abuelo me hablaba de su máquina del tiempo.
(continuará...)

miércoles, 3 de marzo de 2010

el crisantemo azul (y V)


- ¿Las azules? –dijo el guardavía-. Ah, sí, eran del difunto Čermák, que hacía de guardavía aquí antes que yo. Pero por la vía no se puede caminar, señor. ¡Allí hay un cartel que dice “Prohibido caminar por la vía”! ¿Qué está haciendo aquí?
- Abuelo –le dije-, dígame, ¿por dónde se va a su casa?
- Por la vía –contestó el guardavía-. Pero no hay ningún motivo para que venga nadie. ¿Qué quiere? Lárguese, imbécil. ¡Y no me toque la vía ni con la punta del pie!
- ¿Y por dónde quiere que me largue exactamente? –le dije.
- Me da igual –gritó el guardavía-, ¡pero por la vía no, y punto!
Así que me senté en el terraplén y le dije:
- Oiga, abuelo, véndame las flores azules.
- No están en venta –farfulló el guardavía-. Y pírese de una vez. ¡Aquí no puede sentarse!
- ¿Por qué no? –le contesté-. ¡No hay ningún cartel que diga que aquí está prohibido sentarse! No se puede caminar, y no estoy caminando.

El guardavía se detuvo y se limitó a insultarme desde el otro lado de la cerca. Pero debía ser un hombre solitario: al poco rato dejó de increparme y hablaba solo. Media hora después, salió para mirar la vía.

- ¿Qué? –se detuvo a mi lado- ¿Se va o no?
- No puedo –le contesté-; está prohibido caminar por la vía y no hay ningún otro camino.
El guardavía se quedó pensativo un buen rato.
- ¿Sabe qué? –dijo después-. Cuando yo me vaya, desaparezca por la vía; así yo no le veré.

Se lo agradecí calurosamente. Y cuando se fue, abrí la cerca del jardín y con su propia pala arranqué cuidadosamente los dos crisantemos azules. Los robé, señor. Soy un hombre honesto y solo he robado siete veces en mi vida, y señor, siempre han sido flores.
Al cabo de una hora ya estaba sentado en el tren y me llevaba a casa los crisantemos azules robados. Al pasar frente a aquella casa de vigilancia vi al guardavía de pie, con una banderita, malcarado como un demonio. Le saludé agitando el sombrero, pero parece ser que no me reconoció.

De manera que ya ve, señor; puesto que había un cartel con la inscripción “Camino prohibido”, a nadie, ni a nosotros, ni a los policías, ni a los gitanos, ni a los niños, se nos ocurrió que alguien podría haber ido justo allí a buscar los crisantemos azules. Un cartel tiene un poder tan grande que puede que junto a las casas de los guardavías crezcan margaritas azules o el árbol de la ciencia o el helecho dorado, pero nunca los descubrirá nadie, porque caminar por la vía está estrictamente prohibido. Solo Klára, loca, había llegado hasta allí, porque era idiota y no sabía leer.

Por eso al crisantemo azul le puse el nombre de Klára. Ya hace quince años que lo cuido. Pero parece que lo he malcriado con tierra buena y humedad – el bruto del guardavía no lo regaba nunca y el suelo era arcilloso y duro; a mí me brota en primavera, en verano se desmejora y en agosto se muere. Imagínese. Soy el único del mundo que tiene un crisantemo azul y no puedo enseñárselo a nadie. La Bretagne y la Anastasia no valen un pito, solo viran a lila; pero Klára, señor… el día que florezca en el mundo entero no se hablará de otra cosa.


Karel Čapek

martes, 2 de marzo de 2010

el crisantemo azul (IV)


Hicimos vigilar a Klára todo el día; por la noche se escapó, y pasada la media noche me vino con los brazos a rebosar de crisantemos azules. Enseguida la hicimos encerrar en prisión para que no los cogiera todos, pero ya no sabíamos qué más hacer. En serio, parecía cosa de magia; figúrese, en un país que cabe en la palma de la mano.

Mire usted, uno tiene derecho a ser grosero cuando está muy enfadado o cuando fracasa, ya lo sé, pero cuando el príncipe me dijo, de la rabia que tenía, que yo era tanto o más idiota que Klára, protesté y le dije que no pensaba dejarme insultar por un viejo cretino. Me fui directamente a coger el tren y desde entonces no he vuelto a Lubenc. Pero cuando estaba sentado en el vagón y el tren se puso en marcha, yo, señor, rompí a llorar como un niño porque lo había tirado todo por la borda y porque ya no podría volver a ver nunca más un crisantemo azul. Y mientras lloraba y miraba por la ventana, vi una cosa azul justo al lado de la vía. Señor Čapek, eso fue más fuerte que yo: me levanté de un salto y tiré del freno de emergencia; el tren se detuvo con un golpe seco y yo caí sobre el asiento de enfrente y me rompí este dedo. Y cuando vino el revisor, balbuceé que me había dejado algo y tuve que pagar una multa astronómica.

Blasfemando como un condenado, cojeando, volví por la vía en dirección a donde estaba la cosa azul. Imbécil, me decía, probablemente no es más que áster otoñal o cualquier otra tontería azul, y tú tirando el dinero. Caminé unos quinientos metros; ora pensaba que la cosa azul no podía ya estar muy lejos, ora que la había pasado de largo, ora que simplemente la había soñado, cuando en un pequeño terraplén vi una casa de guardavía y por encima de la valla de su jardín, la cosa azul. Eran dos matas de crisantemos azules.

Señor, hasta los niños de pecho saben qué cultivan los guardavías en sus jardines. Además de coles y sandías, suele haber girasoles, un par de rosas rojas, malvas y alguna dalia; ese hombre no tenía nada de eso, sino patatas, judías, un saúco y, en un rincón, los crisantemos azules.

- ¡Eh! –le dije desde el otro lado de la valla- Estas plantas, ¿de dónde las ha sacado?

Karel Čapek

lunes, 1 de marzo de 2010

el crisantemo azul (III)


- ¿Qué pista? –preguntó el príncipe.
- Pues eso –le dije-, que tendríamos que buscarlo junto a cada casa dentro de tres kilómetros a la redonda; nos dividiremos en cuatro grupos: usted, yo, mi jardinero y mi ayudante Vencl, y ya está.

Pues bien, a la mañana siguiente lo primero que ocurrió fue que Klára me trajo otro ramo de crisantemos azules. Después registré mi zona; en cada taberna me tomaba una cerveza no muy fría, comía quesos apestosos y preguntaba a la gente si había visto crisantemos azules. No le hablaré de la diarrea que me produjeron aquellos quesos apestosos; hacía calor, como a veces pasa a finales de setiembre, y yo iba casa por casa aguantando cualquier inconveniencia, porque la gente me tomaba por loco, por un agente o por un funcionario. Pero al anochecer una cosa estaba clara: en mi zona no había ni un crisantemo azul. Los otros tampoco encontraron ninguno. Solo Klára volvió a traer un ramo de crisantemos azules recién cortados.

A todo esto, ya se sabe que un príncipe es persona muy importante, de modo que llamó a los gendarmes, les dio un crisantemo a cada uno y les prometió no sé qué si descubrían dónde crecían. Los gendarmes son gente culta, incluso leen periódicos, además de conocer todas las piedras y tener mucha influencia.

Señor, imagínese que aquel día seis gendarmes, guardias urbanos, los alcaldes de los pueblos, los alumnos con los maestros y una tribu de gitanos recorrieron palmo a palmo toda la región que cabía dentro de los tres kilómetros, recogieron todas las plantas con flor y las llevaron al castillo. Madre del amor hermoso, había tantas flores que parecía Corpus Christi; pero de crisantemos azules, ni uno ni medio.

Karel Čapek

domingo, 28 de febrero de 2010

el crisantemo azul (II)


El viejo hizo que le engancharan el carruaje en seguida y quiso hacer venir a Klára. Pero Klára había desaparecido y nos fue imposible encontrarla. Nos quedamos de pie junto al carruaje más de una hora, blasfemando –el señor príncipe había servido con los dragones en su juventud. En ello estábamos cuando vimos venir a Klára corriendo, echando el bofe, y me dio un ramo entero de crisantemos azules recién cortados. El príncipe le dio un billete de cien coronas, pero Klára se puso a llorar de desilusión; la pobre no había visto un billete de cien coronas en su vida. Tuve que darle una corona para que se calmara. Se puso a bailar y a gritar, pero nosotros la hicimos sentarse en el pescante, le enseñamos los crisantemos azules y Klára nos guió.
Klára en el pescante daba alaridos de alegría; no se puede usted imaginar cuán escandalosa fue la reverencia que le dedicó al señor cochero solo porque tenía que ir sentada a su lado. Además los caballos se desbocaban cada dos por tres por culpa de los gritos y aullidos que pegaba. Bueno, fue un viaje de mil demonios.
Cuando ya llevábamos hora y media dando vueltas, dije:

- Majestad, ya hemos recorrido al menos catorce kilómetros.
- Es igual –rezongó el príncipe-, recorreremos cien si es menester.
- Como gustéis –le dije.

Pero una hora después Klára apareció con un segundo ramo. Ese lugar no podía estar a más de tres kilómetros de Lubenc.
Klára se puso a aullar y señaló hacia adelante. Seguramente estaba contenta de ir en carruaje. Creí que el príncipe la mataba de lo rabioso que estaba. Los caballos escupían espumarajos, Klára aullaba, el príncipe blasfemaba, el cochero a punto de romper a llorar de vergüenza y yo haciendo cábalas sobre cómo descubrir el crisantemo azul.

- Majestad –dije-, no vamos bien. Tenemos que buscarlo sin Klára. Haremos un círculo de tres kilómetros con un compás, lo dividiremos en partes y lo buscaremos casa por casa.
- Qué dices, –dijo el príncipe-, ¡si a tres kilómetros de Lubenc no hay ningún parque!
- Mejor –contesté-. En el parque no encontraríamos gran cosa; Ageratum o Canna, y poco más. Mirad, aquí en la base del tallo hay un poco de tierra; no es humus, es algo amarillo y pegajoso, seguramente fertilizante de estiércol. Tenemos que buscar en un lugar donde haya muchas palomas. Seguramente crece junto a una valla de troncos sin descortezar, porque encima de la hoja hay un poco de corteza de abeto. Bien, ahora estamos sobre la pista correcta.

Karel Čapek

sábado, 27 de febrero de 2010

el crisantemo azul (I)


Ahora le explicaré –dijo el viejo Fulinus- cómo apareció Klára en el mundo. En aquella época yo era el encargado del parque principesco de Lichtenberg en Lubenc –señor, el viejo príncipe era un buen especialista; se hacía enviar árboles enteros desde Veitsch, Inglaterra, y solo de bulbos de Holanda, utilizó diecisiete mil unidades; pero esto solo entre paréntesis. He aquí que yendo yo un buen día por la calle me encontré con Klára; es la idiota del lugar, ¿sabe? Una peonza sordomuda y loca que no hacía más que gritar, contenta -¿sabría usted decirme, señor, por qué los idiotas son tan felices? Mientras la rehuía para que no me besara, me di cuenta de que llevaba un ramo en sus manazas; había hinojo y otras tonterías campestres, pero entre toda esa morralla… Mire, yo he visto muchas cosas, pero en ese momento estuve a punto de sufrir un infarto. Imagínese, esa loca tenía en su ramo una flor de crisantemo de color azul. ¡Azul, señor! Un azul como el de la Pholx laphami; viraba a color pizarroso, con los bordes de color rosa atlas, y por dentro como una Campanula turbinata en toda su plenitud. Pero me quedo corto: señor, ese color indio del crisantemo, entonces y aun ahora, es completamente desconocido. Años atrás estuve en casa del viejo Veitsch; sir James pretendía que el año anterior le había florecido un crisantemo tan azul como usted pueda imaginar. ¡Bueno!
De modo que Klára mugió con alegría y me regaló su ramo. Yo le di una corona y le mostré el crisantemo: Klára, ¿de dónde lo has sacado? Klára cloqueaba entusiasmada y se partía de risa; no pude arrancarle nada más. La reñía y ella gesticulaba con las manos, pero nada; insistía en abrazarme a la fuerza. Me fui corriendo a ver al príncipe con ese precioso crisantemo azul: Majestad, esto crece en algún lugar cerca de aquí; venid a buscarlo.

Karel Čapek

miércoles, 17 de febrero de 2010

precuela (y III)

Parte I
Parte II

Suspendida en el cielo, una inmensa cabeza de bebé me miraba enfurruñada. Un rayo cayó apenas a un palmo de mí. “¡Suéltale! ¡Polster, suéltale!”, me gritaban los otros. Solté al conejo. El bebé sonrió plácidamente y desapareció.

Volví a entrar en la nave, pulsé el botón rojo y apuré la crema rosa de un trago. Sabía asquerosamente dulce. Tinker se había puesto el mono violeta, Dipstein el verde y Lanning el amarillo. Tenían un aspecto realmente ridículo.

- Vamos, póntelo –dijo Dipstein alcanzándome el mono rojo.
Me negué.

Los días pasan lentos y plácidos. En este planeta verde nunca llueve, nunca es de noche, nunca hace frío. Un pequeño robot con ruedas se ocupa de la limpieza. Casi sin darnos cuenta hemos ido perdiendo la capacidad de razonar, hasta de hablar a excepción de algunos infantiles balbuceos. Estamos engordando. A veces me entra la melancolía y echo de menos la Tierra, la gente. A veces salen de entre la hierba unos altavoces en forma de periscopio por los que se oye música. A veces nos entran ganas de bailar y bailamos estúpidas danzas bajo la atenta mirada de los conejos.

Un día, al fin, al despertar me puse el mono rojo y salí fuera de la nave. Los otros me estaban esperando. Sonrieron al verme y nos fundimos los cuatro en un estrecho abrazo mientras la inmensa cabeza de bebé nos observaba desde lo alto con una inmensa, siniestra, sonrisa.

martes, 16 de febrero de 2010

precuela (II)


- ¿Pero cuánto tiempo hemos estado mirando el puto molinillo?

De repente pensé en la nave y eché a correr sin mirar si los demás me seguían. Al verla, caí de rodillas sobre el suelo. Dos conejitos grises se acercaron a olfatearme y les aparté de una patada. Un trueno retumbó a través del cielo azul. La nave estaba completamente cubierta de hierba, integrada en el paisaje como una colina. Solo se veían la puerta y algunas ventanillas.

Entré. Todos los sistemas de control estaban inutilizados, excepto el mantenimiento básico. No había armas, ni trajes, ni comida. Encima de cada una de nuestras cabinas de sueño había un mono de distinto color: violeta, verde, amarillo y rojo.

- Evidentemente, no estamos solos. Alguien ha estado aquí mientras el molinillo nos… nos hipnotizaba.

Entonces Dipstein reparó en una extraña máquina. Tenía un enorme botón rojo en un extremo. Se dirigió hacia ella. Para cuando le grité que no lo pulsara, ya lo había hecho. Una crema de color rosa fluyó de un orificio y fue a parar a una taza verde. Dipstein la cogió y se la acercó a la boca.

- No lo hagas, –le dije- no sabemos de qué está hecha y tampoco podemos analizarla.
- Querido amigo, tengo hambre. Y si quien sea nos hubiera querido muertos ya lo estaríamos, ¿no te parece?

Dio un sorbo, paladeó y sonrió. “Es muy dulce”, dijo. Los otros cogieron tazas y comieron también, pero yo no quise. A saber los efectos que podía tener ese mejunje en nuestros organismos.

- Haced lo que os dé la gana, que yo esta noche pienso cenar conejo asado.

Salí fuera. Esos bichos eran tan estúpidos que, en cuanto me arrodillé y alargué la mano, dos de ellos se me acercaron confiadamente. Agarré a uno por las orejas y, cuando iba a romperle el cuello, una potentísima luz me deslumbró. Miré hacia arriba y… no podía creerlo.

(continuará...)

lunes, 15 de febrero de 2010

precuela (I)


Visto desde el espacio el planeta parecía una perla verde, aterciopelada, acercándose a nosotros a toda prisa. Después vino el impacto y perdimos a Wolowitz.

Tinker, Dipstein, Lanning y yo salimos de la nave humeante tambaleándonos, apoyándonos unos con otros. Ante nosotros, una gran explanada de hierba y flores de todos los colores bajo un cielo azul con nubes blancas. Nos miramos sorprendidos: no solo parecía la Tierra, es que parecía mejor... El choque nos había dejado tan aturdidos que, cuando fui a quitarme el casco, nadie me lo impidió. ¡Aire! Lo respiré tan profundamente que los pulmones me dolieron por el esfuerzo. Algo pequeño, gris y peludo salió por detrás de un matorral. Era un conejo, que nos miraba con curiosidad.

- Podéis quitaros los cascos. Parece un buen lugar. Comamos, descansemos y después enterraremos a Wolowitz e intentaremos arreglar las comunicaciones. Pero no os confiéis, puede que este planeta no sea tan acogedor como parece.

La tierra bajo la hierba era blanda y no nos costó ningún esfuerzo cavar la tumba. Después la vimos allí, en el horizonte: una estructura metálica, una especie de antena. Nos acercamos lentamente. Tenía un molinillo en lo alto. De repente se levantó una brisa suave y el molinillo empezó a girar, a girar, a girar, a girar, a girar... desprendía un polvillo brillante y rosado. Después la brisa se detuvo, y el molinillo también.

- ¿Qué coño ha sido eso?
Me giré para responder a Dipstein y vi que su uniforme estaba sucio y hecho jirones, igual que el de los demás. A nuestra espalda no estaba la tumba que acabábamos de cavar, solo un abultamiento casi imperceptible cubierto de hierba, y las palas habían desaparecido...

(continuará...)